Curso Panorámico de Literatura Española

Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
Universidad de la República
(Montevideo, Uruguay)

lunes, 31 de mayo de 2010

Selección de poemas de Miguel Hernández

Poemas de Miguel Hernández

[III] Toro

¡A la gloria, a la gloria toreadores!

La hora es de mi luna menos cuarto.

Émulos imprudentes del lagarto,

magnificáos el lomo de colores.

Por el arco, contra los picadores,

del cuerno, flecha, a dispararme parto.

¡A la gloria, si yo antes no os ancoro,

-golfo de arena,- en mis bigotes de oro!

Perito en lunas, 1933

23

Como el toro he nacido para el luto...

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.

Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo.

Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro.

Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.

El rayo que no cesa, 1935

Llamo al toro de España

Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.

Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete.

Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate.

Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.

No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbrate.

No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

Revuélvete.

El Hombre acecha, 1938-1939.

Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate.

No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.

Revuélvete.

Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate.

De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

Sálvate.

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.

Sálvate.


Elegía a Ramón Sijé (Miguel Hernández)

Elegía a Ramón Sijé - Miguel Hernández

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
a quien tanto quería)


Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las ladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

(El rayo que no cesa)

sábado, 15 de mayo de 2010

Resumen elaborado por la Cátedra de Literatura Española: "Generación del 98 y Modernismo"

http://docs.google.com/Doc?docid=0Ae5JnfCC7R8jZGNkZjhyaDVfNmM2dGNrbXcz&hl=en


martes, 20 de abril de 2010

Cuentos de Emilia Pardo Bazán

Feminista: http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jYzhkMDUxYzgtNmYxYS00N2FiLWFiMTgtOTg4OGMzZDliNjVi&hl=en

La emparedada: http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jYjkxZDE2YmQtNzZkZS00ZDA4LWIxNzctOGQ3Y2VlOTVmZDY5&hl=en

Ente humo: http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jYzhkMDUxYzgtNmYxYS00N2FiLWFiMTgtOTg4OGMzZDliNjVi&hl=en

Luces de Bohemia

http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jNTg3NzY3ZjMtZTcwYS00ZGYzLThlNzQtZWMxMzg3YWFhOTI2&hl=en

Material Crítico sobre Antonio Machado: "Galerías del alma"

http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jZDljMGJhOGQtNDMwNy00MzMxLThmOWItOGYzZDkxYmU2MDYy&hl=en

"Amor y mitos en Campos de Castilla"

http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jZmE3ODllYmEtOGE2ZS00OGFjLWIxMDAtMDAyMzllMTVhZmU1&hl=en

Barbara Pihler. "La experiecia de la temporalidad en cuatro poemas de Antonio Machado"

http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jMGZiZDY5ZjUtZDJkNS00ODEwLWJlMTItNjFkYzc0MGEyN2Ni&hl=en

Ramón Mansilla. "La temporalidad en la poesía de Antonio Machado."

http://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jNWY3OGQwOWUtM2FhMi00M2I0LWJiOWYtNWJkZDhkMDJmYjc3&hl=en

domingo, 21 de marzo de 2010

Sonata de Estío, Valle Inclán

https://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jMWIwMGE1NWYtMGQ1Yi00NmRmLThkMDEtZmQ4MTdiMjcyODYw&hl=en

Elisabetta Balzan. "Valle Inclán, Bradomín y el modernismo." (Vetriolo-2006)

https://docs.google.com/fileview?id=0B-5JnfCC7R8jYjQxMzQ3MGYtMDhmMS00OThlLThhYzUtYjM4ZDJkNjNjYjE4&hl=en

El tema de la personalidad en la obra narrativa de Miguel de Unamuno. Un estado de la cuestión

Óscar González Palencia


El tema de la personalidad en la obra

narrativa de Miguel de Unamuno.

Un estado de la cuestión


(Fragmentos)


Quizá haya sido el existencialismo la corriente de pensamiento que con más

honda raigambre se haya asentado en el siglo xx . Una filolosofía centrada

casi exclusivamente en el hombre y su problemática debería tener,

perentoriamente, una incidencia poderosa tanto en el arte como en la vida

cotidiana. La literatura se elaboraba como un medio de propagación de ideas

tan válido como anteriormente lo había sido el tratado, ceñido a una

metodología pretendidamente científica. Esto revertió en que este ideario

se canalizara tanto a través de enjundiosos estudios como en conversaciones

de café. En cualquier campo –sea la rigurosa crítica universitaria, sea la in-

formal charla entre amigos con inquietudes intelectuales compartidas–, se

mencionaba nombres como los de Camus, Sartre, Heidegger, Jaspers, etc.

Algunos atribuían el patronazgo de esta filolosofía a Kierkegaard; otros, algo

más avezados e instruidos, otorgaban la paternidad del movimiento a Pas-

cal. Sea como fuere, el nombre de Miguel de Unamuno quedaba totalmente

postergado o, en el mejor de los casos, relegado como una figura de segundo

orden. Hoy en día, esta opinión ha tomado un viraje considerable.

Traducido a multitud de lenguas, la bibliografía que han provocado su vida

y su obra es ingente.



Inserto, por derecho propio, en el existencialismo, Unamuno invirtió buena

parte de su producción en sondear el problema de la personalidad. Las

ramificaciones a las que le condujo esta cuestión son de muy distinta naturaleza.

Por eso, es necesario conocer, previamente, algunos antecedentes ideológicos

para exponer, seguidamente, las líneas maestras de su reflexión con el fin de

demostrar, después, cómo éstas se registran en un género que él mismo

inauguró para contar con un medio de expresión que le fuera distinto: la

nivola.



Precedentes a una crisis de conciencia



La obra de Miguel de Unamuno entraña, en su globalidad, la crisis del

hombre contemporáneo. Adscrito a esa corriente de pensadores y artistas que

sintieron la imposibilidad de resolver el problema de la existencia humana

por medio de los dictámenes del pensamiento racionalista, Unamuno se alza

en armas contra el optimismo romántico que auspició la elaboración de una

doctrina –la de Friedrich Hegel– que prometía al hombre su ansiada

trascendencia.

Ya en su época de gestación –y, posteriormente, en su plenitud–, el

idealismo hegeliano halló poderosos detractores: las agudas revisiones de

Kierkegaard, el nihilismo pesimista de Schopenhauer, el vitalismo enardecido

de Nietzsche o el cientifismo positivista de Compte, además del materialismo

histórico de Marx, son, sin duda, –bien por adhesión, bien por rechazo–,

precedentes a lo que en el siglo xx habría de llamarse la crisis del sujeto.



…………………………



La crisis del sujeto en la obra narrativa de Miguel de Unamuno



El individuo en su busca de identidad: la nivola



A excepción de su primera obra narrativa, Paz en la guerra, Unamuno

renunció a novelar de acuerdo con los principios miméticos de fidelidad y

verosimilitud del Realismo decimonónico. Todos sus relatos posteriores

serían considerados nivolas. Pero, ¿qué es una nivola?



En el prólogo-epílogo a la segunda edición de la primera de las obras

estimadas como tales, Amor y pedagogía,

el propio autor aporta una definición: «Relatos dramáticos,

acezantes, de realidades íntimas, entrañadas, sin bambalinas ni realismos en

que suele faltar la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad.».

Con estas palabras exponía toda una declaración de intenciones en lo relativo

a lo que habría de ser, para él, el género: un método de exploración

antropológica en que lo circunstancial quedaría reducido al mínimo, cuando

no completamente solapado. Por tanto, se trata de obras que no dan cabida

a ninguna impresión sensible, en que las intervenciones dialógicas de los

personajes, la parte sustancial del discurso, tampoco contribuyen a crear una

atmósfera. En definitiva, es éste uno de los primeros intentos de construir

una novela experimental donde todo lo cortical ha quedado esquilmado y

donde unos seres reducidos a arquetipos psicológicos litigan, en un debate

íntimo con los otros y consigo mismos. Tan sólo las pasiones de unas figuras

de las que se nos omiten casi todas las referencias anatómicas y fisiológicas

vertebrarían la estructura y harían progresar la acción.

José Luis Abellán ha llamado la atención sobre el hecho de que las nivolas

son creaciones ficcionales que ejemplifican las conclusiones filosóficas a que

había llegado su autor en su etapa de madurez intelectual, recogidas en su

ensayo de 1912 Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos.



Francisco Ayala ha ampliado la extensión de esta idea afirmando que es en

la narrativa donde encontramos al Unamuno más hondo y reflexivo. Apoya

su aserto añadiendo que la hibridación de este género, la falta de demarcaciones

que lo definieran con unos caracteres exclusivos y excluyentes lo dotaban con

la aptitud que el escritor vasco reclamaba por ser la ausencia de planificación

no ya una veta distintiva de su modo de escribir, sino la idea central de todo

su pensamiento. En efecto, eran la dispersión, el caos y el absurdo lo que

Unamuno pretendía comunicar, y la nivola se había convertido en su acomodo

Perfecto. Por eso, culmina Ayala asegurando que, para Unamuno, la

novela –o la nivola - y el mundo eran una misma cosa. En consonancia con

esto, José Ferrater sostiene que la nivola es la consumación de un intento

por demostrar que no existen delimitaciones diáfanas entre el campo de la

ficción y el de la realidad. Ciertamente, en este tipo de piezas veremos

resquebrajarse el antiguo sistema jerárquico que relaciona a Dios con los

hombres, y a éstos, con sus creaciones. El esquema deductivo de la existencia

situaba a Dios como creador, rector y fuerza motriz del hombre, y éste,

facultado también por la creación, sería responsable de los elementos que

brotan de una actividad física y/o mental. Por añadidura, se aceptaba que

cada elemento de la gradación se supeditaba a aquél que ocupara un rango

inmediatamente superior en una vinculación no sólo de sometimiento, sino

también de conclusión. De esta forma, las creaciones humanas estarían

subordinadas al hombre, y el hombre, junto con sus creaciones, estaría

subordinado a Dios, que lo gobierna y domina todo. Unamuno reproduce

esta síntesis hablando no de creación, sino de ensoñación. Así, Dios sueña

–es decir, elabora con su fantasía– otras criaturas. Podría pensarse que

Unamuno expone estos argumentos para suscribir la metafísica racionalista

habiéndole dado él, únicamente, ciertos tintes calderonianos. Por contra, lo

que pretende es impugnar este modelo y lo hace de la siguiente forma: si

Dios, los hombres y las fantasías suscitadas en la imaginación de éstos

coinciden con su capacidad para soñar, no hay por qué mantener la jerarquía;

sino que el hombre puede muy bien soñar a Dios, y los entes ficticios pueden,

igualmente bien, soñar al escritor. Toda vez que ha quedado subvertida la

pirámide de la existencia, la ficción y la realidad aparecen íntimamente unidas.

……………….



La relativización de la personalidad:

Tres novelas ejemplares y un prólogo



Francisco Ynduráin ha sondeado los veneros en los que Unamuno pudo

encontrar confkuencias para sus estimaciones acerca de la relativización de la

identidad individual. El influjo de Oliver Wendell Holmes parece incontes-

table puesto que es el propio Unamuno el que lo cita en el Prólogo a sus

Tres novelas ejemplares.

Los únicos tres libros de Holmes que se encuentran

en la biblioteca de nuestro autor son

The Autocrat of the Breakfast Table,

The Professor at the Breakfast Table

y The Poet at the Breakfast Table,



de cuya lectura, relectura y frecuentes consultas dan muestra las copiosas

anotaciones que se pueden leer en los márgenes y en los índices.

La primera vez que el escritor bilbaíno alude a Holmes en una publicación

es en 1902, con motivo de la redacción de un artículo que tituló «El

individualismo español», donde señala lo siguiente:



El humorista americano Wendell Holmes habla en una de sus obras de los

tres Juanes: de Juan tal cual él se cree ser, de Juan tal cual le creen los demás

y de Juan tal cual es en la realidad. Y como para cada individuo, hay, para

cada pueblo, sus tres Juanes. Hay el pueblo español tal y como nosotros, los

españoles, creemos que es, hay el pueblo español tal como le creen los

extranjeros y hay el pueblo español tal y como es.



Pocos años después, en 1906, vuelve a aludir a Holmes:

Antes de ahora he tenido ocasión de citar aquella ingeniosísima ocurrencia

del humorista yanqui Wendell Holmes respecto a los tres Juanes... Y sobre

las mutuas acciones y reacciones de esos tres Juanes, cabe muy sutil indaga-

ción. Somos, en efecto, de un modo; creemos ser de otro y los demás nos

creen de otro.

No obstante, ya no acepta sin matizar, el pensamiento del norteamericano;

sino que empieza a ahormar la ocurrencia a su propia reflexión, y, así, afirma:

Juan, tal cual es, el Juan primitivo y radical, podrá vivir preso de Juan tal cual

él se cree; pero vive mucho más preso del Juan que los demás han forjado.

Con estas apostillas, está progresando hacia la exposición definitiva del

problema que ocupará lugar prominente en

Tres novelas ejemplares y un prólogo,

en que vuelve a insistir con Holmes de la siguiente manera:



Aquí tengo que referirme, una vez más, a aquella ingeniosísima teoría de

Oliver Wendell Holmes –en su Autocrat of the Breakfast Table, sobre los



tres Juanes y los tres Tomases. Y es que, cuando conversan dos, Juan y

Tomás, hay seis en conversación, que son:

El Juan Real; conocido sólo por su Hacedor.

El Juan ideal de Juan; nunca el real y a menudo otro Juan... muy desemejan-

te de él.

El Juan ideal de Tomás; nunca el Juan real ni el Juan de Juan, sino a menu-

do muy desemejante de ambos.

El Tomás real.

El Tomás ideal de Tomás.

El Tomás ideal de Juan.

Esta es, en efecto, la exposición que hace Holmes del tema; pero, habida

cuenta de la puntualización hecha ya en 1906, Unamuno, a fuerza de ser

coherente consigo mismo, añade dos nuevos contertulios: el que Juan quisiera

ser y el que Tomás quisiera ser. Esta nueva dimensión del querer ser

anula la del ser real

puesto que éste depende de su creador, o sea, de Dios, de cuya

existencia no tenemos ni tendremos noticia cierta –he aquí la revisión de

Unamuno fruto de la muerte de Dios.

Sin embargo, aunque es en la obra que comentamos donde la teoría

unamuniana de la relativización de la personalidad alcanza su configuración

definitiva, ya en Paz en la guerra hay algunas muestras que denotan su

temprana preocupación por el asunto. A finales del capítulo IV, leemos que

don Joaquín y su sobrino vivían «impenetrables el uno al otro, diferentísimos

cada uno de ellos de cómo el otro se lo representaba, más unidos por nexo

de infinitos hábitos, por la sutil trama de una larga convivencia».

Añadamos un testimonio más. En 1905, declaraba en un artículo aparecido

en el Heraldo de Madrid:

Quiero ser una cosa u otra ya que abrigo la profundísima convicción de que

ser no es más sino querer ser.

Esta convicción será transferida por Unamuno a sus personajes de

Tres novelas ejemplares y un prólogo,

donde los caracteriza como «agonistas, es decir,

luchadores –o si queréis los llamaremos personajes, son seres reales, realísimos,

y con la realidad más íntima, con la que se dan ellos mismos en puro querer

ser o en puro no querer ser».

El asunto sobre el que gira la primera de las novelas,

Dos madres, remite a dos motivos bíblicos:

el primero es la envidia que suscita en la mujer de Jacob,

Raquel –que es estéril–, la fertilidad de su hermana; el segundo es el pasaje

en que dos supuestas madres reclaman, ante Salomón, a un hijo que las dos

consideran legítimo y propio. El argumento se despliega en las siguientes

líneas: Raquel, viuda estéril, con una apetencia desmedida de maternidad,

obliga a su amante, don Juan, a que conquiste a la joven Berta Lapeira a fin

de que quede embarazada. Cuando la muchacha da a luz, Raquel va,

paulatinamente, usurpando su parcela de madre hasta que, finalmente, le

arrebata la custodia de la criatura. Juan es abandonado por Raquel, y,

sintiéndose desesperado, se precipita por un desfiladero. Raquel, heredera

universal de la fortuna de Juan, consigue dominar la fortuna de Berta, que

accede a entregar a su hijo para no despertar las críticas de su entorno.

En El marqués de Lumbría,

la dualidad se entabla entre dos hermanas de

distinta condición anímica: Carolina, mujer introspectiva y afecta a los

espacios enclaustrados, contrasta con su hermana Luisa, a quien le atraen la

luz y los horizontes abiertos. Entre las dos se disputan el cariño de Tristán

Ibáñez de Gamonal, que se instala en el palacio en que moran las dos hermanas

como prometido de Luisa. Sin embargo, Tristán es seducido por Carolina.

La relación matrimonial entre Luisa y Tristán se enrarece, y, entre los tres

miembros del triángulo se impone la incomunicación, que no se palía con el

nacimiento de un hijo. La muerte del marqués y de Luisa precipita la boda

de Tristán y Carolina, que obliga a su marido a reconocer al hijo nacido de

la antigua y clandestina relación entre los cónyuges. Los dos niños se repelen

de tal forma que su convivencia se hace insoportable. Carolina rechaza al

sobrino –al que tilda de Caín– y le hace ingresar en un internado. Acto

seguido, emprende las añagazas que le permitan transmitir la herencia del

marqués a su hijo. El sentimiento del honor calderoniano y el empuje cainita

son los dos substratos ideológicos que articulan la novela.

En Nada menos que todo un hombre,

también la honra es un elemento que

subyace a la evolución de la fábula. Julia ha trabado relaciones con un amante

para alimentar los celos de su marido, Alejandro Gómez, que no cree posible

que su esposa incurra en una falta de infidelidad. No obstante, al comprobar

lo que ocurre, se solivianta y amenaza de muerte a su cónyuge y al burlador.

Con esto, podemos pasar a escrutar el fondo temático de las novelas. Una

visión panorámica con#rma que, en estos cuatro opúsculos, se compendian

–en unos casos recapituladas; en otros, en estado germinal– las observaciones

más íntimas de Unamuno.

El primero de los ejes motrices es el problema de la identidad personal,

presente a lo largo de las tres piezas de acuerdo con el esquema contenido en

el «Prólogo» y acendrado tras las citadas acotaciones a Holmes. En los

personajes en que más claramente se concreta esta idea son Raquel y Caroli-

na, cuya intrahistoria

viene de#nida por la ambición de maternidad.

El tema de la identidad está enraizado con el de la voluntad. El afán de

dominio, la confianza en una potencia que permite sortear los desafíos y las

dificultades, además de la autoconfianza y la perseverancia están encarnados

en Alejandro Gómez.

Igualmente connatural a la personalidad y a la voluntad, es el deseo de

pervivencia. Cualquiera de los personajes puede servir de ejemplo; pero es,

quizás, Raquel la que mejor refiere sus cuitas al ver amenazada su

intrahistoria a causa de su esterilidad.

Vinculada al hambre de permanencia, está la constante de la muerte. El

cercén de la existencia es, en todo momento, el último paso de una realidad

absurda e inmotivada. Se aprecia, con especial transparencia, en el suicidio

de don Juan, que se arroja al vacío una vez que advierte que se encuentra

desposeído de una motivación y de una misión a la que entregarse.

Por último, se toca el tema de la envidia, la amenaza del ajeno que puede

acaparar lo que se considera propio. En estos casos, las tribulaciones sólo

pueden descaecer con la anulación del otro.

Carolina es el arquetipo de mujer dominada por esta pasión.

En resumen, con Tres novelas ejemplares y un prólogo (1920), el autor ofrecía

a sus lectores un inventario de las preocupaciones que borbotaban en su

cerebro. Algunas de estas preocupaciones habían quedado fijadas en las páginas

de ciertas nivolas –por ejemplo, en Niebla (1914), donde había trazado las



coordenadas de una existencia transida por el absurdo, o, en Abel Sánchez

(1917), en la que la envidia se erigía en protagonista con correlatos bíblicos.

Otros objetos de re$exión, como el intento de resolución del misterio de la

maternidad virginal –en La tía Tula (1921)– o la muerte de Dios, punto de

arranque de todo su pensamiento – en San Manuel bueno, mártir (1930-,

tardarían algunos años en tomar cuerpo.



En 1912, aparece

Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los

pueblos.

Este hecho ha sido destacado, proverbialmente, por la crítica como

la génesis de la madurez vital e intelectual de Unamuno. Toda su obra pos-

terior secundaría las ideas contenidas en este libro capital. Sin embargo, la

frialdad del ensayo le obligaba a expresarse de un modo genérico, por lo que

su doctrina debía completarse con la ejemplificación de casos particulares y

singularizado. Por esta exigencia de su talante creador, acomete la composición

de obras de teatro, libros de poemas y –sin abandonar el ensayo– relatos.

Siguiendo cualquiera de estas vías, nos podemos aproximar a lo que fue

Unamuno como filósofo y como artista; pero posiblemente sea la

Nivola el mejor camino para penetrar en su conocimiento. Esa es la opción

que he mos elegido pensando que el intervalo que parte de Niebla

y culmina con San Manuel Bueno, mártir encierra los conceptos esenciales de su universo

vital e intelectual: el enigma de la personalidad, y, dentro de él, los males

que acechan al individuo: la soledad, la incomunicación, la duda y la muerte.









Miguel de Unamuno Tres novelas ejemplares y un prólogo

Miguel de Unamuno Tres novelas ejemplares y un prólogo

I

¡TRES NOVELAS EJEMPLARES Y UN PROLOGO! Lo mismo pude haber puesto en la portada de este libro Cuatro novelas ejemplares. ¿Cuatro? ¿Por qué? Porque este prólogo es también una novela. Una novela, entendámonos, y no una nivola; una novela.

Eso de nivola, como bauticé a mi novela--tan novela!-- Niebla, y en ella misma, página 158, lo explico, fué una salida que encontré para mis...--¿críticos? Bueno; pase--críticos. Y lo han sabido aprovechar porque ello favorecía su pereza mental. La pereza mental, el no saber juzgar sino conforme a precedentes, es lo más propio de los que se consagran a críticos.

Hemos de volver aquí en este prólogo novela o nívola más de una vez sobre la nivolería. Y digo hemos de volver así en episcopal primera persona del plural, porque hemos de ser tú, lector, y yo, es decir, nosotros, los que volvamos sobre ellos. Ahora, pues, a, lo de ejemplares.

¿Ejemplares? ¿Por qué?

Miguel de Cervantes llamó ejemplares a las novelas que publicó después de su Quijote porque, según en el prólogo a ellas nos dice, "no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso". Y luego añade: "Mi intento ha sido poner en la gloria de nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse sin daño de barras, digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan." Y en seguida: "Sí; que no siempre se está en los templos, no siempre se ocupan los oratorios, no siempre se asiste a los negocios por calificados que sean; horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse; para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestiones y se cultivan con curiosidad los jardines." Y agrega: "Una cosa me atreveré a decirte: que si por algún modo alcanzara que la lección de estas novelas pudiera inducir a quien las leyere a algun mal deseo o pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí que sacarlas en público; mi edad no está ya para burlarse con la otra vida, que al cincuenta y cinco de los años gano por nueve más y por la mano."

De lo que se colige: primero, que Cervantes más buscó la ejemplaridad que hoy llamaríamos estética que no la moral en sus novelas, buscando dar con ellas horas de recreación donde el afligido espíritu descanse, y segundo, que lo de llamarlas ejemplares fué ocurrencia posterior a haberlas escrito. Lo que es mi caso.

Este prólogo es posterior a las novelas a que precede y prologa como una gramática es posterior a la lengua que trata de regular y una doctrina moral posterior a los actos de virtud o de vicio que con ella tratan de explicarse. Y este prólogo es, en cierto modo, otra novela; la novela de mis novelas. Y a la vez la explicación de mi novelería. O si se quiere, nivolería.

Y llamo ejemplares a estas novelas porque las doy como ejemplo--así, como suena--, ejemplo de vida y de realidad.

¡De realidad! ¡De realidad, sí!

Sus agonistas, es decir, luchadores-- o si queréis los llamaremos personajes--, son reales, realísimos y con la realidad más intima, con la que se dan ellos mismos, en puro querer ser o en puro querer no ser, y no con la que la den los lectores.

II

Nada hay más ambiguo que eso que se llama realismo en el arte literario. Porque, ¿qué realidad es la de ese realismo?

Verdad es que el llamado realismo, cosa puramente externa, aparencial, cortical y anecdótica, se refiere al arte literario y no al poético o creativo. En un poema--y las mejores novelas son poemas--, en una creación, la realidad no es la del que llaman los críticos realismo. En una creación la realidad es una realidad íntima, creativa y de voluntad. Un poeta no saca sus criaturas--criaturas vivas--por los modos del llamado realismo. Las figuras de los realistas suelen ser maniquíes vestidos, que se mueven por cuerda y que llevan en el pecho un fonógrafo que repite las frases que su Maese Pedro recogió por calles y plazuelas y cafés y apuntó en su cartera.

¿Cuál es la realidad íntima, la realidad real, la realidad eterna, la realidad poética o creativa de un hombre? Sea hombre de carne y hueso o sea de los que llamamos ficción, que es igual. Porque Don Quijote es tan real como Cervantes; Hamlet o Macbeth tanto como Shakespeare, y mi Augusto Pérez tenía acaso sus razones al decirme, como me dijo --véase mi novela (¡y tan novela!) Niebla, páginas 280 a 281-- que tal vez no fuese yo sino un pretexto para que su historia y las de otros, incluso la mía misma, lleguen al mundo.

¿Qué es lo más intimo, lo más creativo, lo más real de un hombre?

Aquí tengo que referirme, una vez más, a aquella ingeniosísima teoría de Oliver Wendell Holmes --en su The autocrat of the breakfast table, III-- sobre los tres Juanes y los tres Tomases. Y es que nos dice que cuando conversan dos, Juan y Tomás, hay seis en conversación, que son:


1. El Juan real; conocido sólo para su

Hacedor.

2. El Juan ideal de Juan; nunca el

real, y a menudo muy desemejante de él.
Tres Juanes3. El Juan ideal de Tomás; nunca el

Juan real ni el Juan de Juan, sino

a menudo muy desemejante de ambos.



1. El Tomás real.
Tres Tomases 2. El Tomás ideal de Tcmás.

3. El Tomás ideal de Juan.

Es decir, el que uno es, el que se cree ser y el que le cree otro. Y Oliver Wendell Holmes pasa a disertar sobre el valor de cada uno de ellos.

Pero yo tengo que tomarlo por otro camino que el intelectualista yanqui Wendell Holmes. Y digo que, además del que uno es para Dios--si para Dios es uno alguien--y del que es para los otros y del que se cree ser, hay el que quisiera ser. Y que éste, el que uno quiere ser, es en él, en su seno, el creador, es el real de verdad. Y por el que hayamos querido ser, no por el que hayamos sido, nos salvaremos o perderemos. Dios le premiará o castigará a uno a que sea por toda la eternidad lo que quiso ser.

Ahora que hay quien quiere ser y quien quiere no ser, y lo mismo en hombres reales encarnados en carne y hueso qué en hombres reales encarnados en ficción novelesca o nivolesca. Hay héroes del querer no ser, de la noluntad.

Mas antes de pasar más adelante cúmpleme explicar que no es lo mismo querer no ser que no querer ser.

Hay, en efecto, cuatro posiciones, que son dos positivas a) querer ser; b) querer no ser; y dos negativas: c) no querer ser; d) no querer no ser. Como se puede: creer que hay Dios, creer que no hay Dios, no creer que hay Dios, y no creer que no hay Dios. Y ni creer que no hay Dios es lo mismo que no creer que hay Dios, querer no ser es no querer ser. De uno que no quiere ser difícilmente se saca una criatura poética, de novela; pero de uno que quiere no ser, sí. Y el que quiere no ser, no es, ¡claro!, un suicida.

El que quiere no ser lo quiere siendo.

¿Qué? ¿Os parece un lío? Pues si esto os parece un lío y no sois capaces, no ya sólo de comprenderlo, más de sentirlo y de sentirlo apasionada y trágicamente, no llegaréis nunca a crear criaturas reales y, por tanto, no llegaréis a gozar de ninguna novela, ni de la de vuestra vida. Porque sabido es que el que goza de una obra de arte es porque la crea en si, la re-crea y se recrea con ella. Y por eso Cervantes en el prólogo a sus Novelas ejemplares hablaba de "horas de recreación". Y yo me he recreado con su Licenciado Vidriera, recreándolo en mí al re-crearme. Y el Licenciado Vidriera era yo mismo.

III

Quedamos, pues --digo, me parece que hemos quedado en ello...--, en que el hombre más real, realis, más res, más cosa, es decir, más causa-- sólo existe lo que obra--, es el que quiere ser o el que quiere no ser, el creador. Sólo que este hombre que podríamos llamar, al modo kantiano, numénico, este hombre volitivo e ideal--de idea-voluntad o fuerza--tiene que vivir en un mundo fenoménico, aparencial, racional, en el mundo de los llamados realistas. Y tiene que soñar la vida que es sueño. Y de aquí, del choque de esos hombres reales, unos con otros, surgen la tragedia y la comedia y la novela y la nívola. Pero la realidad es la íntima. La realidad no la constituyen las bambalinas, ni las decoraciones, ni el traje, ni el paisaje, ni el mobiliario, ni las acotaciones, ni...

Comparad a Segismundo con Don Quijote, dos soñadores de la vida. La realidad en la vida de Don Quijote no fueron los molinos de viento, sino los gigantes. Los molinos eran fenoménicos, aparenciales; los gigantes eran numénicos, substanciales. El sueño es el que es vida, realidad, creación. La fe misma no es, según San Pablo, sino la substancia de las cosas que se esperan, y lo que se espera es sueño. Y la fe es la fuente de la realidad, porque es la vida.

Creer es crear.

¿0 es que la Odisea, esa epopeya que es una novela, y una novela real, muy real, no es menos real cuando nos cuenta prodigios de ensueño que un realista excluiría de su arte?

IV

Sí, ya sé la canción de los críticos que se han agarrado a lo de la nivola; novelas de tesis, filosóficas, símbolos, conceptos personificados, ensayos en forma dialogada... y lo demás.

Pues bien; un hombre, y un hombre real, que quiere ser o que quiera no ser, es un símbolo, y un simbolo puede hacerse hombre. Y hasta un concepto. Un concepto puede llegar a hacerse persona. Yo creo que la rama de una hipérbola quiere--¡así, quiere!--llegar a tocar a su asíntota y no lo logra, y que el geómetra que sintiera ese querer desesperado de la unión de la hipérbola con su asíntota nos crearía a esa hipérbola como a una persona, y persona trágica. Y creo que la elipse quiere tener dos focos. Y creo en la tragedia o en la novela del binomio de Newton. Lo que no sé es si Newton la sintió.

¡A cualquier cosa llaman puros conceptos o entes de ficción los críticos!

Te aseguro, lector, que si Gustavo Flaubert sintió, como dicen, señales de envenenamiento cuando estaba escribiendo, es decir, creando, el de Ema Bovary, en aquella novela que pasa por ejemplar de novelas, y de novelas realistas, cuando mi Augusto Pérez gemía delante de mí --dentro de mí más bien--: «Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir...» --Niebla, página 287--sentía yo morirme.

"¡Es que Augusto Pérez eres tú mismo!..." --se me dira--. !Pero no! Una cosa es que todos mis personajes novelescos, que todos los agonistas que he creado los haya sacado de mi alma, de mi realidad íntima --que es todo un pueblo--, y otra cosa es que sean yo mismo. Porque, ¿quién soy yo mismo? ¿Quién es el que se firma Miguel de Unamuno? Pues... uno de mis personajes, una de mis criaturas, uno de mis agonistas. Y ese yo último e íntimo y supremo, ese yo trascendente --o inmanente--, ¿quién es? Dios lo sabe... Acaso Dios mismo...

Y ahora os digo que esos personajes crepsculares --no de mediodía ni de medianoche-- que ni quieren ser ni quieren no ser, sino que se dejan llevar y traer, que todos esos personajes de que están llenas nuestras novelas contemporáneas españolas no son, con todos los pelos y señales que les distinguen, con sus muletillas y sus tics y sus gestos, no son en su mayoría personas, y que no tienen realidad íntima. No hay un momento en que se vacíen, en que desnuden su alma.

A un hombre de verdad se le descubre, se le crea, en un momento, en una frase, en un grito. Tal en Shakespeare. Y luego que le hayáis así descubierto, creado, lo conocéis mejor que él se conoce a sí mismo acaso.

Si quieres crear, lector, por el arte, personas, agonistas trágicos, cómicos o novelescos, no acumules detalles, no te dediques a observar exterioridades de los que contigo conviven, sino trátalos, excítalos si puedes, quiérelos sobre todo y espera a que un día--acaso nunca--saquen a luz y desnuda el alma de su alma, el que quieren ser, en un grito, en un acto, en una frase, y entonces toma ese momento, mételo en ti y deja que como un germen se te desarrolle en el personaje de verdad, en el que es de veras real. Acaso tú llegues a saber mejor que tu amigo Juan o que tu amigo Tomás quién es el que quiere ser Juan o el que quiere ser Tomás o quién es el que cada uno de ellos quiere no ser.

Balzac no era un hombre que hacía vida de mundo ni se pasaba el tiempo tomando notas de lo que veía en los demás o de lo que les oía. Llevaba el mundo dentro de sí.

V

Y es que todo hombre humano lleva dentro de sí las siete virtudes y sus siete opuestos vicios capitales: es orgulloso y humilde, glotón y sobrio, rijoso y casto, envidioso y caritativo, avaro y liberal, perezoso y diligente, iracundo y sufrido. Y saca de sí mismo lo mismo al tirano que al esclavo, al criminal que al santo, a Caín que a Abel.

No digo que Don Quijote y Sancho brotaron de la misma fuente porque no se oponen entre sí, y Don Quijote era Sancho pancesco y Sancho Panza era quijotesco, como creo haber probado en mi Vida de Don Quijote y Sancho. Aunque no falte acaso quien me salte diciendo que el Don Quijote y el Sancho de esa mi obra no son los de Cervantes. Lo cual es muy cierto. Porque ni Don Quijote ni Sancho son de Cervantes ni míos, sino que son de todos los que los crean y re-crean. O mejor, son de sí mismos, y nosotros, cuando los contemplamos y creamos, somos de ellos.

Y yo no sé si mi Don Quijote es otro que el de Cervantes o si, siendo el mismo, he descubierto en su alma honduras que el primero que nos le descubrió, que fué Cervantes, no las descubrió. Porque estoy seguro, entre otras cosas, de que Cervantes no apreció todo lo que en el sueño de la vida del Caballero significó aquel amor vergonzoso y callado que sintió por Aldonza Lorenzo. Ni Cervantes caló todo el quijotismo de Sancho Panza.

Resumiendo: todo hombre humano lleva dentro de si las siete virtudes capitales y sus siete vicios opuestos, y con ellos es capaz de crear agonistas de todas clases.

Los pobres sujetos que temen la tragedia, esas sombras de hombres que leen para no enterarse o para matar el tiempo--tendrán que matar la eternidad--, al encontrarse en una tragedia, o en una comedia, o en una novela, o en una nívola si queréis, con un hombre, con nada menos que todo un hombre, o con una mujer, con nada menos que una mujer, se preguntan: "¿Pero de dónde habrá sacado este autor esto?" A lo que no cabe sino una respuesta, y es: "¡de ti, no!" Y como no lo ha sacado uno de él, del hombre cotidiano y crepuscular, es inútil presentárselo, porque no lo reconoce por hombre. Y es capaz de llamarle símbolo o alegoría.

Y ese sujeto cotidiano y aparencial, ese que huye de la tragedia, no es mi sueño de una sombra, que es como Píndaro llamó al hombre. A lo sumo será sombra de un sueño, que dijo el Tasso. Porque el que siendo sueño de una sombra y teniendo la conciencia de serlo sufra con ello y quiera serlo o quiera no serlo, será un personaje trágico y capaz de crear y de re-crear en sí mismo personajes trágicos--o comicos--, capaz de ser novelista; esto es: poeta y capaz de gustar de una novela, es decir, de un poema.

VI

¿Está claro?

La lucha, por dar claridad a nuestras creaciones, es otra tragedia.

Y este prólogo es otra novela. Es la novela de mis novelas, desde Paz en la Guerra y Amor y Pedagogía y mis cuentos--que novelas son--y Niebla y Abel Sánchez --ésta acaso la más trágica de todas--, hasta las TRES NOVELAS EJEMPLARES que vas a leer, lector. Si este prólogo no te ha quitado la gana de leerlas.

¿Ves, lector, por qué las llamo ejemplares a estas novelas? ¡Y ojalá sirvan de ejemplo!

Sé que en España, hoy, el consumo de novelas lo hacen principalmente mujeres. ¡Es decir, mujeres, no!, sino señoras y señoritas. Y sé que estas señoras y señoritas se aficionan principalmente a leer aquellas novelas que les dan sus confesores o aquellas otras que se las prohíben; o sensiblerías que destilan mangla o pornografías que chorrean pus. Y no es que huyan de lo que les haga pensar; huyen de lo que les haga conmoverse. Con comnoción que no sea la que acaba en... ¡Bueno, más vale callarlo!

Esas señoras y señoritas se extasían, o ante un traje montado sobre un maniquí, si el traje es de moda, o ante el desvestido o semidesnudo; pero el desnudo franco y noble les repugna. Sobre todo el desnudo del alma.

¡Y así anda nuestra literatura novelesca!

Literatura... sí, literatura. Y nada más que literatura. Lo cual es un género de subsistencia, sujeta a la ley de la oferta y la demanda, y a exportación e importación, y a registro de aduana y a tasa.

Allá van, en fin, lectores y lectoras, señores, señoras y señoritas, estas tres novelas ejemplares, que aunque sus agonistas tengan que vivir aislados y desconocidos, yo sé que vivirán. Tan seguro estoy de esto como de que viviré yo. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Dios sólo lo sabe...